Reflexiones sobre el lugar de Marx en la sociología futura

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Este artículo presenta una continuidad intelectual entre Karl Marx y Norbert Elias, continuidad que puede constituir una afirmación de universalidad para esta disciplina científica y constituir un derrotero para desarrollos teóricos novedosos. El

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  Reflexiones sobre el lugar de Marx en la sociología futura.  El Capital   y la evolución de la sociedad Por  Miguel Fernández Llanos Sociólogo, Universidad de Chile Este trabajo fue escrito en la primavera de 2009 para ser presentado en forma de conferencia en el Seminario Hegel-Marx , colectivo intelectual de estudiantes, profesores y profesionales ligados de una u otra manera al pensamiento de estas dos figuras, colectivo alojado, en esos años, en la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile. El centro de argumentación del trabajo ya había sido establecido en escritos anteriores, y yace en las interrelaciones temáticas y conceptuales posibles de identificar entre Karl Marx y Norbert Elias, así como en las posibilidades que estas interrelaciones ofrecen de escenarios futuros para la sociología. De ahí el título de este artículo, el cual busca resaltar la vigencia del pensamiento analítico de Marx y sus eventuales proyecciones para el desarrollo actual y posterior de la sociología, como disciplina científica preocupada de los universales de las sociedades humanas, independiente de las diferentes manifestaciones culturales particulares que habitan en cada una de ellas. De esta forma, el presente trabajo porta una afirmación del camino que la sociología lentamente ha seguido desde su fundación hasta la actualidad, en el cual ha adquirido la cada vez más aguda percepción de sí misma como una ciencia que ha roto ya con los límites culturales que le dieron srcen, la Europa de mediados y finales del siglo XIX, estableciendo proposiciones descriptivas y explicativas que pretenden ser válidas para cualquier sociedad humana. Este es sin duda un paso polémico y desafiante, que, con toda razón, quienes no concuerdan con esta pretensión universalista, desestimarán. Sin  embargo, este trabajo no busca levantar una polémica estéril; más bien intenta subrayar una posibilidad, que subyace a la misma sociología en su constitución y a la naturaleza de su objeto de estudio: la sociedad es un conjunto de individuos vinculados por símbolos de creciente complejidad y generalización, basados en las habilidades lingüísticas de los seres humanos, que proviene de, y se funda en, el principio mismo de los tiempos, en profunda conexión con la historia natural del cosmos. Y si el cosmos tiene un cierto estatus legal, expresado en proposiciones físicas, químicas y biológicas, la sociedad, como producto de esa historia, necesariamente también lo tiene. Distinto es que no hayamos tenido los instrumentos teóricos y metodológicos, todavía, para percibir esta continuidad, la cual yace, insistimos, en la continuidad de la naturaleza y que sustenta todo nuestro quehacer como humanos, incluso, naturalmente, nuestra huida de la naturaleza y nuestro refugio en la cultura. Bastante tiempo ha pasado desde la composición inicial de estas páginas. Y muchos encuentros con otros autores han sugerido que esta es una pista y una apuesta que merece ser seguida -la de la universalidad del conocimiento sociológico, porque ofrece muchos puntos de reflexión por venir y, no en último lugar, un esquema específico para decidir si las proposiciones vertidas en este artículo tienen el rango de validez universal que pretenden. I Con este artículo el autor busca participar de la comunidad de investigadores que creen que la filosofía de Marx y sus derivados (sociología, antropología) tiene algo importante que decir en el desarrollo futuro de la ciencia del comportamiento humano, y lo seguirá teniendo por un buen tiempo más. Para simplificar mi argumento, sostendré que se trata de una sociología futura, sin pretender reducir, al menos explícitamente, todas las ciencias del comportamiento a la sociología. Esta distorsión se explica casi exclusivamente por mi entrenamiento profesional en esa ciencia; en un lejano segundo lugar, porque el legado de Marx adquiere  un marcado matiz sociológico, anticipando de algún modo las tendencias actuales de desarrollo de las llamadas, erróneamente a mi juicio, ciencias sociales . Esta denominación es equívoca porque, precisamente desde la mirada de Marx, podemos percatarnos que toda ciencia es social: cambian sus objetos de estudio, sus herramientas metodológicas, mas la impronta de la época y de sus relaciones de producción, definen a la ciencia como producto de la trama de interacciones que desarrollan los científicos para producir conocimiento verificable. Un curioso paralelismo apoya esta versión: Robert Merton señala al comunismo  como un elemento definitorio del ethos científico moderno (Merton: 1964). Alguien retrucará que Merton consideraba el desinterés  como otro aspecto de este ethos, afirmación que no sería aceptada por Marx en ningún hipotético diálogo. Sin embargo, desde el enfoque de este trabajo, tal desinterés es una forma inexacta y por ello polémica, de acentuar el interés que los científicos despliegan, muchas veces explorando temas u objetos de estudio que no están a la moda , o que derechamente desafían directrices políticas arbitrarias, tales como las “priorizaciones” que los organismos que financian la investigaci ón imponen a los proyectos de los científicos (imágenes tales como clusters productivos  o  potencia agroalimentaria  vienen a la cabeza al mentar estas priorizaciones). El progreso extraordinario de la ciencia moderna se fundamenta en una proporción importante en este desinterés , que no es otra cosa que un genuino interés por explorar el universo, natural o social, sin considerar necesariamente orientaciones ajenas a la estricta curiosidad e inventiva humana. Y así como en el campo de la ciencia, debemos considerar al interés como el cemento de toda la vida social; al menos así lo entiende Marx a lo largo de su obra. El planteamiento central de este trabajo es congruente con esta afirmación: no hay actividad humana, por más trivial o crucial que pueda ser mostrada, que no esté sustentada en el interés. Así como en la ciencia, toda acumulación de conocimiento, toda contribución al caudal, literalmente infinito, de la cultura humana  –  más allá de si esta cultura es occidental o no, primer mundista o tercer mundista, local o global  –  , tiene su srcen en la producción de un interés. La proliferación de intereses introduce variabilidad y diversidad en la cultura humana, siendo por ello el factor que desencadena procesos de asociación de diversas escalas y alcances. Tal como resume maestramente Gadamer, la civilización es posible por la amistad (  philía ), por el interés de estar juntos, de compartir y cooperar (Gadamer: 2001; 125-126, 129-130).    Intentando emular a Gadamer  –  empresa vana, pero entretenida  –   en el develamiento hermenéutico de una sentencia escondida; cuando él se refiere a civilización , tiene en mente un refinamiento de la actitud activa frente al entorno, tan propia del pensamiento griego, que introduce una cláusula evolutiva en el devenir histórico de nuestra sociedad occidental moderna, haciendo que los lazos de amistad se expandan a nuevos ámbitos de la experiencia individual y social, abarcando a más hombres y mujeres. O sea, la amistad (  philía ) sería una expresión del refinamiento de una práctica social y del conocimiento al que está unida. II Una aproximación similar al fenómeno de la civilización presenta el sociólogo Norbert Elias. En su libro  El proceso de la civilización , editado por primera vez en 1939, este autor muestra que los procesos de asociación que dieron srcen a la sociedad cortesana en Europa son los mismos que configuraron  el diseño organizacional del Estado moderno, siendo estos procesos de asociación orientados por las normas de comportamiento cortesano de autocontención corporal y emocional (Elias: 1993 [1939]). Esta autocontención permite ser aceptado en los círculos de influencia de los señores feudales, que, paulatinamente, adquieren mayor poder e injerencia en la toma de decisiones concernientes a territorios geográficos cada vez más vastos, homogeneizándolos desde el punto de vista cultural. La investigación de Elias, que recurre al material empírico de las crónicas y de los manuales de conducta redactados a lo largo de aproximadamente 7 siglos y que culmina con el  De civitate morum  puerilium (especie de manual de crianza  de los niños), escrito por Erasmo de Rotterdam, argumenta que la civilización es un proceso rastreable en la definición de conocimientos distanciados , que orientan la toma de decisión individual (Elias: Íbid; 1990). La principal consecuencia sociológica que extrae Elias de este examen, es que la introducción de reglas formales de comportamiento cotidiano, plasmadas y difundidas a través de estos manuales escritos de “buenas maneras” , está directamente correlacionada, en un proceso de larga duración , con las formas propiamente occidentales de diferenciación funcional y su entramado organizacional. De la proliferación de estos  protocolos de autocontención  (Elias: 1993, 253; 541, nota 2), o conocimientos distanciados , se desprende el surgimiento, por ejemplo, de ejércitos profesionales, de cárceles, asilos, escuelas,  hospitales, juzgados, policías, en fin, de todas las instituciones que contienen los impulsos humanos y sancionan la vulneración de las normas, atribuible a la expresión natural (no civilizada) de aquellos (Elias: 1993, 447).   Tal como muestra Elias en sus investigaciones, y uniendo su argumento con el de Gadamer, la amistad   necesaria para establecer asociaciones emergentes es un problema relativo a cuán interesantes sean esas asociaciones, a qué es lo que se juega participando de ellas. Resumiéndolo en una expresión analítica, un requisito para la amistad, la confianza que cimienta las asociaciones entre individuos, es el interés. Esta afirmación creemos que es verdadera para toda relación social, entendiendo a ésta como esferas de comunicación humana, sustentada en símbolos acumulables e intercambiables, en donde las decisiones individuales están constreñidas por pautas que surgen de un fondo común de conocimientos (Elias: 2000) (Elias: 2006 [1970]). Son en particular las redes sociales las formas de asociación que están especialmente incluidas en esta definición. Porque ¿no necesita un mercado de la confianza  entre sus diferentes actores participantes para que los compromisos y promesas sean respetados, poniendo en movimiento bienes, servicios y, con ello, satisfacer necesidades?, o ¿no requiere de la confianza también un grupo de vecinos para dejar de lado sus actividades particulares y embarcarse en una empresa de deliberación y proposición, tendiente al mejoramiento de sus condiciones de vida?, o ¿no requiere de esta amistad interesada el paso de una pauta de alimentación basada en la recolección de frutos y hierbas a una basada en la cacería, con el presupuesto de planificación, preparación, toma de decisión y riesgo que ella conlleva? (Morris: 2007). La inclinación a estar juntos, el interés de propiciar la cooperación por sobre la competencia, es un atributo demarcatorio de cada uno de los participantes en cualquier red social, siendo a su vez éstas el fenómeno dominante en todo proceso civilizatorio: desde la actividad más seria hasta la más lúdica, si considera la adscripción a un protocolo de toma de decisión (en particular de autocontención, pero no únicamente), se está en presencia de redes sociales, ya que son individuos constreñidos en su voluntad por el conjunto, el que simultáneamente les provee la posibilidad a esos individuos de ser parte de un movimiento que los trasciende, que reparte sus beneficios y sus sacrificios  –  a veces simétrica, otras asimétricamente  –  , entre quienes evidencian interés por adscribir a ese protocolo de toma de decisión.
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