La gobernabilidad democrático-liberal como ficción: De cómo la mimesis de democracia y liberalismo sólo deja espacios para los autoritarismos cosméticamente democráticos

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Se examina la transformación sufrida por el concepto y la práctica de la democracia durante el último siglo, haciendo énfasis en los elementos originados en la doctrina económica liberal que han sido asimilados por ella. Se tocan problemas centrales

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  La gobernabilidad democrático liberal como ficción De cómo la mimesis de democracia y liberalismo sólo deja espacios para los autoritarismos cosméticamente democráticos 1   Jesús Peña Cedillo Universidad Simón Bolívar  Departamento de Ciencias Económicas y Administrativas Edificio de Estudios Generales, Piso 1, Ofic. 104-B Sartenejas, Caracas, Venezuela La confluencia entre democracia y liberalismo ha sido un proceso lento, no exento de idas y venidas que, a finales del siglo XX, ha cristalizado con un amplio éxito en el mundo occidental. Éste no ha sido un proceso mecánico, sino que ha implicado transformaciones sustantivas en la manera de concebirse y hacerse reales ambos fenómenos. Esto es particularmente cierto desde la  perspectiva de la democracia, la cual se ha estado adecuando en su práctica y su filosofía a los requerimientos liberales, a pesar de que en sus inicios podría  plantearse que los defensores del libre comercio fueron los que en alguna medida estuvieron obligados a adecuar sus prácticas para lograr la coexistencia con los postulados éticos, económicos y sociales pautados en sus orígenes por la democracia como forma de gobierno. De igual manera, la turbulencia ha sido un signo que ha marcado la historia tanto de la democracia como del liberalismo. El liberalismo económico 1   Publicado en Cuestiones Políticas , N. 24, 2000, pp. 79-92.     2 no se adueñó del espacio económico que hoy posee sino en los últimos veinte años, y en diversos momentos de su historia, incluyendo una gran parte de este siglo, fue obligado a retirarse del escenario público. Por su parte, muchas experiencias democráticas han atravesado a todo lo largo del siglo XX severos procesos de crisis, con el colapso de algunas de ellas en diversas oportunidades. Para no hablar del archiconocido caso europeo (cuyas crisis más agudas culminaron en dos guerras mundiales), diríjase la mirada hacia las experiencias latinoamericanas de la última década, que en mayor o menor medida han mostrado la fragilidad de las estructuras democráticas alcanzadas en los años ochenta, observándose tendencias calificadas como ‘autoritarias’ y ‘no democráticas’ en algunos países, aun cuando la formalidad de los procedimientos y las instituciones parece mantenerse. A pesar de esos elementos, es innegable el alcance cada vez más amplio que ha adquirido la democracia liberal como forma de organizar la vida política de las sociedades. Como lo señala Doyle (1986), si en 1900 sólo 13 naciones se encontraban regidas por sistemas que en algún sentido básico se correspondía con lo que consideramos democracia (aunque cabría precisar cuantos regímenes eran efectivamente liberales), para finales de los setenta esa cantidad llegó hasta 30 y hoy en día (Fukuyama, 1992) la cifra ha ascendido a 62, y básicamente todos estos gobiernos proclaman por lo menos su aspiración a convertirse en democracias liberales en toda la regla. Agreguemos a lo dicho que la caída de la mayor parte de los regímenes socialistas ha significado, por parte de   3  prácticamente todos los gobernantes post-socialistas, la búsqueda generalizada y casi frenética por establecer aunque sea en la forma el modelo de democracia liberal occidental (Ilonszki, 1998; Rose, 1999). Todo ello, en definitiva, ha conducido a una creciente homogeneidad en la apreciación pública acerca de cuáles son las opciones políticas verdaderamente viables, al punto de que incluso las experiencias políticas latinoamericanas atípicas antes mencionadas, que desde ciertas perspectivas son consideradas ‘regresiones autoritarias’, proclaman su adhesión a los principios liberales (por supuesto, más a los económicos que a los democráticos). Esta evolución conjunta y contrastante entre democracia y liberalismo es el tema central de este artículo, y la abordaremos a través del análisis de la transformación que en el transcurso de la construcción de este ‘espacio común’ han sufrido dos de los valores básicos de la democracia tradicional: la igualdad y el poder público soberano. Con base en ello, discutiremos hasta dónde es o no transitorio el éxito actual de la síntesis democrático-liberal y presentaremos algunos escenarios que en sentido diverso nos muestran su fragilidad en el mediano plazo y la ficción que representará, tarde o temprano, la tesis de la ‘gobernabilidad democrático-liberal’.   4 1. Modelos de democracia La democracia parece significar diferentes cosas según la perspectiva que se asuma, pero como plantearemos aquí, en la práctica los diferentes modelos más difundidos parecen más cercanos de lo que los teóricos quisieran aceptar. Una primera forma de plantearse qué es la democracia es viéndola a través del prisma liberal  . La premisa fundamental es que la libertad individual es el principal valor que debe ser protegido por el gobierno, incluyendo como  parte principalísima de esta función la protección por el Estado de cualquier amenaza de interferencia contra la propiedad privada. Desde esta perspectiva, las actividades económicas, sociales y personales se consideran dentro de la esfera privada y no son asuntos públicos, quedan, por tanto, al margen de las decisiones políticas, excepto en lo que respecta a la protección gubernamental que reciben. Un segundo modelo es el  participativo , el cual plantea como central la deliberación colectiva de los asuntos públicos; gracias a esta práctica se generaría tanto autogobierno como civismo. Se asume que la comunidad democrática no debe ser definida en términos de individualismo competitivo, conflictivo y egoísta, sino como una comunidad de personas que comparten objetivos que aspiran desarrollar en comunidad. En tercera instancia se presenta una visión  pluralista de la democracia. Según esta perspectiva la democracia es un sistema para seleccionar élites y autorizar gobiernos, de allí que los votantes no son requeridos para deliberar y   5 decidir sobre cuestiones políticas, sino que sólo eligen a las personas que adoptarán esas decisiones. Sin duda, cada uno de estos modelos de democracia puede ser sometido a crítica. Así, por ejemplo, se señala que para el modelo liberal  , el hombre solo actúa motivado por sus propios intereses egoístas, el único interés colectivo surge en agregaciones individuales que se unen instrumentalmente para satisfacer sus intereses colectivos igualmente egoístas. El extremo liberal supone la asocialidad del ser humano, y a partir de esa premisa soporta la existencia de la extrema inequidad. Arguye en su defensa que no se puede legislar sobre la libertad de elección de los individuos y que, en todo caso, las decisiones individuales terminan siendo siempre la mejor fórmula para lograr el  bienestar de todos. Por supuesto, se deja de lado el hecho de que el libre mercado es un mito y que esa percepción del ser humano librado a sus decisiones de beneficio propio no deja espacio para el desarrollo humano en sociedad. Se trata, en fin, de una propuesta que sólo defiende lo que se ha dado en llamar la libertad negativa: necesitamos protegernos de la injerencia indebida en nuestros asuntos privados. En el modelo participativo se supone por el contrario la existencia de un  público dispuesto a actuar voluntariamente en múltiples espacios de interés, y se propugna la existencia de una gran cantidad de organizaciones en donde se expresa la opinión del común. La realidad no parece soportar tales expectativas de voluntad participativa, en tanto aquellas manifestaciones de participación
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