ESPEJOS ROTOS GÉNERO, EDAD E INTERPRETACIONES OCCIDENTALIZADAS DE LA GUERRA (Y LA VIOLENCIA) EN EL PASADO

Description
Traducción: Shattered Mirrors: Gender, Age, and Westernized Interpretations of War (and Violence) in the Past. KATHRYN M. KOZIOL Ph.D. Department of Anthropology, University of Arkansas, Fayetteville, AR, USA Citar como: Koziol, K. M. (2017).

Please download to get full document.

View again

of 17
All materials on our website are shared by users. If you have any questions about copyright issues, please report us to resolve them. We are always happy to assist you.
Information
Category:

Real Estate

Publish on:

Views: 15 | Pages: 17

Extension: PDF | Download: 0

Share
Transcript
  1 ESPEJOS ROTOS GÉNERO, EDAD E INTERPRETACIONES OCCIDENTALIZADAS DE LA GUERRA (Y LA VIOLENCIA) EN EL PASADO KATHRYN M. KOZIOL Ph.D.  Department of Anthropology, University of Arkansas, Fayetteville, AR, USA Citar como:  Koziol, K. M. (2017). Capítulo 2: Shattered Mirrors: Gender, Age, and Westernized Interpretations of War (and Violence) in the Past. En: Bioarchaeology of Women and Children in Times of  War: Case Studies from the Americas. Editores: D. L. Martin y C. Tegtmeyer (pp. 15  –  26). Las Vegas, EE. UU. Springer International Publishing. Introducción Al pensar en este volumen, me intrigaba el enfoque biocultural que estaba siendo explorado y utilizado por los bioarqueólogos. Creo que va en una dirección positiva y soy defensora de una investigación más holística y multidisciplinar en la antropología en general, especialmente en la bioarqueología. Las investigaciones bioculturales y bioarqueológicas que realmente integran este enfoque tienen un gran potencial (Buikstra y Scott, 2009, Goodman, 2013, 2014, Goldstein, 2006) y esta serie de capítulos, sin duda, aportará a la literatura creciente que incluye esta  perspectiva. Sin embargo, hay varios puntos que quisiera explorar de manera más profunda con la finalidad de establecer conexiones sólidas entre los diferentes subcampos, así como, analizar algunos de los problemas que pueden surgir en este tipo de investigaciones. Esto implica deconstruir los marcos teóricos y los conceptos que aplicamos, entendiendo que el uso de estos podría requerir una aplicación limitada por parte de los bioarqueólogos. Por ejemplo, el concepto de un continuum de violencia 1  (Scheper-Hughes y Bourgois, 2004:1), el uso de terminologías modernas (particularmente en contextos prehistóricos) y el predominio de los conceptos occidentales de sexo, género 2  y edad usados para interpretar los contextos del pasado (ver 1   El continuum  de la violencia se refiere a que ningún acto de violencia está aislado de otros de distinta intensidad y tipo. Las violencias se reproducen a sí mismas, de modo que su ejercicio está precedido por otras modalidades de actos violentos. Esta concepción implica que la violencia es un proceso que se explica en función de sus conexiones con el espacio donde se produce, los agentes que la ejercen, las circunstancias en las que se presentan y la historia personal, psicológica y social de quienes la padecen o la practican, entre otros aspectos (Scheper-Hughes y Bourgois 2004). Aclaración agregada al texto por quien traduce.   2   El género puede definirse como la identificación individual y por parte de otros a una categoría de género específica en función de su diferencia sexual culturalmente percibida. El sexo se refiere a los elementos físicos y genéticos relacionados con la reproducción; incluidos los genitales, la distinción cromosómica y hormonal y los órganos reproductores. (Voss y Schmidt, 200, Diaz  –  Andreu, 2005: 15 en Buikstra y Scott, 2009) Si bien el concepto de género está relacionado con el de sexo, pero no es equivalente, ambos podrían tener una contracción cultural (Butler, 1990, Meskell, 1999 en Buikstra y Scott, 2009). Aclaración agregada al texto por quien traduce.    2 Buikstra y Scott, 2009 para una discusión detallada del enfoque del curso de vida 3 , así como, un breve panorama de las discusiones de género y sexo en antropología).Estas áreas me parecen  potencialmente problemáticas para los antropólogos que investigan contextos antiguos de violencia, especialmente aquellos que buscan darle una perspectiva de género a estos comportamientos. Estos no son problemas insuperables y su exploración ayudará a demostrar las complejidades inherentes que existen tanto en los comportamientos culturales como en los contextos arqueológicos.  No obstante, sugiero una aplicación amplia de los datos y teorías culturales derivados de los contextos modernos, no para construir modelos específicos que predigan comportamientos futuros ni universales, ni para interpretar el pasado en contextos transculturales. Estos datos  pueden ser útiles para explorar las diferentes creencias y comportamientos que pudieron ocurrir en contextos prehistóricos 4 . Asimismo, los actos de violencia están profundamente arraigados en los procesos culturales y sociales y debemos reconocer que, como tales, no son expresados, comprendidos ni experimentados de manera idéntica por los miembros de diferentes poblaciones o incluso por miembros de la misma población (Krohn-Hansen, 1994:368; Ralph, 2013; Redfern 2013:64,68-69; Walker, 2001). No puedo dejar de insistir en la importancia de entender la contingencia cultural de los contextos sociales, ya que las variaciones en los contextos podrían afectar significativamente nuestras interpretaciones. En otras palabras, no debemos suponer que nuestras interpretaciones de los actos de violencia no están sujetas a nuestros propios procesos culturales y sociales y que, incluso las acciones que pueden parecer mecánicamente iguales (o muy similares) pueden valorarse de manera diferente entre culturas. Tampoco, deberíamos suponer que los actos violentos en sí mismos son universalmente entendidos y vistos como un comportamiento natural (ver argumento presentado en Fry, 2006). Los patrones de violencia ciertamente existen (Eller, 2006, Ember y Ember, 1997, Kelly, 2000, Knauft, 1987, 1991, Scheper-Hughes y Bourgois, 2004, Martin y Frayer, 1997, Martin y otros 2012, Ralph, 2013 y muchos otros), pero no son simples de extraer e interpretar, incluso en 3  Los cambios fisiológicos que ocurren durante el crecimiento, la maduración y la senescencia se entienden culturalmente como la sucesión de etapas de la vida caracterizadas por diferentes formas de conocimiento, roles sociales y significados simbólicos. En este sentido, el enfoque del curso de vida ( life course appoach)   — que no es igual que el enfoque del ciclo de vida ( life cycle)  ni el enfoque de historias de vida ( life history) ) —  se define como la narración cultural del envejecimiento, que incluye cómo las sociedades experimentan, significan y miden la edad; siendo esta no solo un proceso biológico sino una construcción cultural. (Gilchrist, 2000, Robb, 2002 en Buikstra y Scott, 2009).  Aclaración agregada al texto por quien traduce.   4   Los datos de apoyo utilizados en este capítulo se compilaron a partir de contextos etnográficos, etnohistóricos y arqueológicos.    3 contextos modernos (Eller, 2006); y al abordarlos desde una perspectiva antropológica, resulta evidente que ignorar las interpretaciones transculturales puede hacer que los investigadores  pierdan las variaciones en los significados y estos (los significados), pueden requerir múltiples definiciones para describir el acto violencia en sí mismo (Bruhns y Stothert, 1999; Guilaine y Zammit, 2005: 233; Medicine, 1983; Ralph, 2013). Al explorar las perspectivas emic  en las culturas contemporáneas, es más fácil ver las diferencias que existen en la producción de estas formas de violencia en diversas culturas, así como, demostrar que estas diferencias son significativas e importantes. Por ejemplo, existen grandes diferencias en las motivaciones, el número de participantes disponibles (perpetradores y víctimas) y en las formas específicas de violencia que culturalmente pueden considerarse aceptables o inaceptables (lo que además podría ser ignorado por los participantes). Incluso, los  participantes pueden ser clasificados simultáneamente como perpetradores y víctimas (Bornstein 2002); sería difícil  —   casi imposible  —   reconstruir ese nivel de complejidad individual y social y la posicionalidad en contextos del pasado. Las diferencias también pueden atribuirse en parte a las diferencias en los acuerdos sociopolíticos de las culturas, pero también  pueden relacionarse con los sistemas de creencias, los mitos, la personalidad, entre otros. En otras palabras, es erróneo suponer que siempre podemos evaluar con confianza el significado específico detrás de las acciones (formas de violencia) experimentadas por los individuos o incluso las identidades de estos, a través de la interpretación de los patrones patológicos visibles en los restos óseos. Asimismo, no podríamos asumir conocer completamente las circunstancias que produjeron estos contextos en el pasado, pues solo podremos recopilar parte de la historia que además tiende a ser incompleta (Ralph 2013: 3). Deberíamos reconocer que los actos de violencia en sí mismos a menudo se superponen y que estas interpretaciones están limitadas a los contextos en los que se encuentran y, por lo tanto, están sesgadas por los sesgos de los intérpretes (Koziol 2010). Por ejemplo, los prisioneros de guerra pudieron haber sido individuos simbólicamente importantes para ser sacrificados, por lo tanto, sus muertes podrían clasificarse en ambas categorías del comportamiento violento (aunque no todos los prisioneros pueden considerarse aptos para el sacrificio y no todas las víctimas de guerra podrían convertirse en prisioneros). Las personas capturadas pudieron ser sometidas a ataques interpersonales (no comunales) que pudieron incluir golpes, violación, humillación, entre otros. Además, pudieron haber sido seleccionados para la guerra en función de su identidad social, por lo tanto, su sexo, género, edad, srcen étnico, religión, posición económica, entre otros, determinaría su forma de participación.  4 Puede ser imposible distinguir todas las formas de violencia presentes, del mismo modo que es imposible identificar todas las intersecciones de las identidades de estos individuos. Estas críticas no son nuevas para la investigación arqueológica y bioarqueológica; sin embargo, al tratar de aislar y distinguir la salud física, la demografía, las experiencias de posibles no combatientes y otros aspectos bioarqueológicamente relevantes que puedan estar relacionados con guerras o con condiciones violentas en el pasado, encontramos que estas interpretaciones se vuelven más imprecisas. Algunas de estas dificultades en los análisis son resultados de la naturaleza de los registros arqueológicos y bioarqueológicos y algunas provienen de la aplicación de terminología que puede carecer de relevancia cultural y distinción en las  poblaciones del pasado. El objetivo de este capítulo no es descartar la información que se deriva de los estudios  bioarqueológicos y arqueológicos  —   que además de ser interesante es importante  —  , al contrario, es traer a esta discusión algunas de las complicaciones en la aplicación de las teorías sociales y los conceptos modernos como género, sexo y violencia, usados tanto en poblaciones contemporáneas como pretéritas (Koziol, 2010). Utilizando terminología y conceptos modernos para interpretar el pasado Definir actos de violencia en el pasado usando terminología moderna no solo es difícil, sino que puede alentar la aplicación de modelos occidentales en la comprensión de estos actos a expensas de perder de vista la naturaleza culturalmente situada de la construcción de estos comportamientos (Fry, 2006; Koziol, 2010; Ralph, 2013). Por ejemplo, en el contexto moderno los actos de tortura se consideran predominantemente negativos en la mayoría de los contextos y pueden considerarse como una violación a las acciones legítimas de la guerra en los acuerdos internacionales y, por lo tanto, los perpetradores de estos actos podrían recibir un castigo. Sin embargo, si tomamos acciones específicas que podrían incluirse en la categoría de tortura en muchos contextos modernos como mutilaciones, quemaduras, cortes, golpes, entre otros; estas acciones no siempre se verían de la misma manera por todas las poblaciones. Por ejemplo, mirando a través del registro histórico se ha demostrado que varios comportamientos que caen  bajo esta categoría (tortura) pueden ser, en algunos casos, mecanismos para que los individuos y/o grupos de parentesco ganen prestigio social y estatus o para preservar el honor de los mismos grupos. Por lo tanto, estos actos no deberían ser simplemente descartados como  5 inhumanos ni vistos como una violación de los derechos humanos (otro concepto moderno), aunque puedan serlo. Entre los indios Hurones del siglo XVII, la tortura de prisioneros fue perpetrada por hombres y mujeres y se aplicó en hombres, mujeres y niños en diversos contextos. Este acto representaba un mecanismo donde ambas partes, los torturadores y los que experimentaron los actos de tortura ganaran honor. Estos últimos adquirían su honor manteniendo un rostro valiente o desafiante (Koziol, 2010, Robb, 2008, Trigger, 2002:58-64). Esto no quiere decir que no hubo diferencias basadas en edad y género. Por ejemplo, era más común que los hombres fueran excesivamente torturados en la aldea de los captores, mientras que las mujeres y los niños  podían ser torturados y asesinados al ser capturados, y si estos eran llevados a la aldea de los captores eran más propensos a ser adoptados en el grupo (Robb, 2008:91; Trigger, 2002:58). Mediante el uso de métodos etnohistóricos, Trigger fue capaz de reconstruir algunas de estas variaciones en los diferentes contextos, así como, de incluir una discusión de las motivaciones subyacentes y los significados que se asociaban con estos actos de violencia. Trigger, pudo entender que los eventos bélicos a veces se producían como represalia después de un asesinato o pelea, pero que también podían estar adicionalmente motivados por asuntos religiosos o asociarse a una forma de ganar honor y prestigio (Trigger, 2002: 52). Frecuentemente, estos detalles se pierden en el registro arqueológico y no se pueden reconstruir observando el tratamiento del cuerpo  —   ni los bioarqueólogos mejor entrenados lo puede hacer  —  , por lo tanto, los bioarqueólogos se ven obligados a confiar en sus propios conocimientos culturales e históricos sobre los comportamientos y significados de los actos de violencia. No es que las interpretaciones sean necesariamente incorrectas en sus contextos culturales modernos, pero como los valores detrás de estas acciones están sujetos a cambios (Robb, 2008, Rosaldo, 1980) es posible que desde una perspectiva intercultural o histórica, estos comportamientos no sean construidos de una manera mutuamente inteligible 5  y los efectos de la equifinalidad  6  dificulten aun más las interpretaciones del pasado 7 . 5  En lingüista, mutually intelligible  o mutualmente inteligibles , es una relación entre idiomas o dialectos en la cual los hablantes de variedades diferentes pero relacionadas pueden entenderse fácilmente sin familiaridad previa o un esfuerzo especial. Aclaración agregada al texto por quien traduce.   6  La equifinalidad es un principio de los sistemas abiertos, el cual establece que un sistema puede alcanzar un estado final dado por distintas vías y partiendo de diferentes condiciones iniciales. El término en un sentido general es asociado a la flexibilidad y a la adaptabilidad, reflejando que determinados procesos se encuentran vinculados a la naturaleza organizativa del sistema y no al inicio de estos procesos. Aclaración agregada al texto por quien traduce.  
Related Search
Similar documents
View more...
We Need Your Support
Thank you for visiting our website and your interest in our free products and services. We are nonprofit website to share and download documents. To the running of this website, we need your help to support us.

Thanks to everyone for your continued support.

No, Thanks