Avatares de la suciedad colonial. La Ciudad de México en los siglos XVII y XVIII.

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   AVATARES DE LA SUCIEDAD COLONIAL . LA CIUDAD DE MÉXICO EN LOS SIGLOS XVII Y XVIII   Hugo García  Western Washington University Introducción Los disímiles discursos que fueran producidos en la Nueva España durante los siglos XVII y XVIII certifican la complejidad de los procesos de colonización y formación de la sociedad del primer virreinato del imperio español. Cada uno de ellos muestra un acercamiento particular a la realidad novohispana; muchos de ellos, según su medio particular de expresión y su designio, se acercará de manera diferente a un sistema de  valores coloniales asimilados a una escala interpretativa que oscila entre la limpieza y la suciedad. Esta última parece ser una constante de particular valor en medio de los desencuentros culturales que se daban en Nueva España a partir de la convivencia forzada de tres etnias representantes de igual número de continentes.  A la simple mención de la suciedad, automáticamente tendemos a pensar en materia física, que puede invertir el estado de la limpieza o, al menos, alterarlo con su huella. ¿Pero es la suciedad únicamente física? Si solamente de materia física se tratara, ya de por sí estaríamos en una geografía y un tiempo histórico privilegiados pues México fue, por mucho tiempo, azotada por inundaciones cuyas aguas, luego de crecidas no tenían vía de escape que no fuera la evaporación. Las inundaciones  –  frecuentes por demás y muy serias  –   alteraban por completo la vida citadina; ellas traían desarreglos de tipo higiénico, y hasta la muerte. No obstante, más que este tipo de suciedad, nos interesa destacar la existencia de tendencias discursivas que asocian elementos sociales, políticos, étnicos y raciales con la suciedad, mientras una contraparte se mantiene en campos contrarios, de la limpieza. Entre estas dos categorías existe, además, la creación textual de un área de contacto, la zona de la polución donde la suciedad se muestra amenazante, o ya ha vencido en sus intenciones de mancillar la pureza con la que se identifican ciertos estamentos sociales, etnias y hasta espacios citadinos de la capital virreinal.  Acerca de los límites temporales  —  una última puntualización  —  , la integración de la suciedad en diferentes discursos no aparece en la Ciudad de México en el siglo XVII como tampoco es un fenómeno que finalice por acto de ningún prodigio en el siglo XVIII. En este trabajo no intentamos recorrer el devenir total de la suciedad en todos los momentos históricos de la ciudad; estos son los primeros pasos en los intentos de develar la importancia de la suciedad como una noción prevalente en diferentes discursos producidos durante los siglos de dominación colonial en América. Partiremos en este periplo de la suciedad de la relación que Mary Douglas explica que existe entre suciedad, orden y clasificación para poder articular el uso de la noción de suciedad en la capital novohispana. I. Bernardo de Balbuena y la ablución poética De entre la innumerable cantidad de textos diferentes que, de una u otra manera, se refieren a la ciudad de México en el siglo XVII, La grandeza mexicana   (1604), de Bernardo de Balbuena, es uno de los más conocidos. Si la ciudad misma es el más grande monumento que se levantara al triunfo de España en América, el texto de Balbuena es un homenaje literario al suceso edilicio, con toda la dosis de triunfalismo que requería. En La grandeza mexicana   la ciudad es convertida en el   personaje único. Pero este personaje-ciudad difiere considerablemente de la realidad de la urbe mexicana de otras evidencias textuales cercanas en el tiempo, cual es el caso de Crónica de la Nueva España (1567), de Francisco Cervantes de Salazar. Dice este autor que ―está puesta la población de españoles entre los indios de México y del Tlatelulco, que vienen á cercar casi por todas partes‖, es decir que admite la existencia de formaciones más o menos circulares dispuestas en orden concéntrico y  Vanderbilt e-Journal of Luso-Hispanic Studies 78 donde el componente indígena es esencial (316). Por el contrario, la ciudad de Balbuena queda recogida en lo que él llamó el ―Argumento‖, donde se cuenta:  De la famosa México el asiento, srcen y grandeza de edificios, caballos, calles, trato, cumplimiento, letras, virtudes, variedad de oficios, regalos, ocasiones de contento, primavera inmortal y sus indicios, gobierno ilustre, religión y Estado, todo  en este discurso está cifrado. (Capítulo I, 59, el subrayado es mío) Sobre esta armazón Balbuena se permite recrear una imagen de ciudad como estructura hermética alrededor de los estandartes que perfilaban el poder virreinal y ese ‗todo‘, que hemos señal ado en bastardillas, es la clave para entender la enorme carga de subjetividad con la que se elabora la alabanza a México. Cada uno de estos versos constituirá el título de un capítulo del poema, donde abundarán las alabanzas a lo que brilla en la sociedad y la ciudad barrocas, excepto el verso séptimo que no forma en el poema uno sino dos capítulos. Este bifurcar un verso en dos capítulos  —  el uno dedicado al poder temporal y otro al eje de la organización eclesial colonial  —   tiene mucho que ver con la condición bicéfala del virreinato y, especialmente, con la aproximación ideológica y el marcado sentido clasista del texto. El sujeto-autor que es Balbuena en el medio virreinal, emprende una carrera por hacerse visible ante los ojos de los centros de poder, aunque su agitado paso dejase huellas de descuido, como bien dice Reyes de La grandeza mexicana   que en el primer srcinal, deben de haber figurado las referencias al virrey entonces actual, el de Monterrey, y a sus ocho predecesores, pero como entre la licencia y la publicación hubo cambio de príncipe el autor resultó necesario juzgar al recién venido […] sin fijarse, o sin que le importara, que la mención de ese décimo virrey dejaba un poco fuera de orden la mención de ―aquestos ocho príncipes‖ que para ese momento no eran ocho sino nueve. (127-28) Lejos de las sedes de los poderes político y eclesiástico, los grandes templos, universidad y demás instituciones, Balbuena, entonces visitante en México, 1   no podría más que sentir marginación, pero ― being marginalized cannot be reduced simply to a struggle between oppressor and oppressed in which the latter remains utterly passive ‖ (Gunew 27); la marginalidad propia se resuelve con el auto reconocimiento textual con la cúpula  virreinal y el alejamiento imaginario de todo posible contacto con el exterior, plagado de indígenas y cercano al campo  –  elementos, ambos, contaminantes para el hombre de letras que es Balbuena. La anulación en el ejercicio poético que es La grandeza mexicana   no termina allí. Hay en el Barroco, apunta Maravall, una disposición a fomentar una capa intermedia en la sociedad que permita en primer lugar la existencia definida de una clase superior y luego la de una inferioridad social (283). Esta zona intermedia que en las ciudades american as era ―el anillo urbano donde se distribuía la plebe formada de criollos, ibéricos desclasados, extranjeros, libertos, mulatos, zambos, mestizos y todas las variadas castas derivadas de cruces étnicos que no se identificaban ni con los indios ni con los e sclavos negros‖ (Rama 45). Esta capa intermedia que proliferaba como una necesidad de la ciudad barroca también queda eclipsada en La grandeza mexicana  . La ciudad con que Bernardo de Balbuena se identifica queda resumida en los ― ricos jaeces, de libreas costosas / de aljófar, perlas, oro y pedrería, / son en sus plazas ordinarias cosas ‖ (Capítulo III, 75). Es decir, en los elementos suntuarios que conforman una imagen denotativa de poder; una fascinación que llega al punto de generar expresiones de complacencia con los ― ardientes hornos, donde en medio dellos / la salamandria, si en las llamas  vive, / se goza a vuelta de sus v  idrios bellos‖ (Capítulo IV, 80). En otras palabras, aún en las escasas referencias a procesos productivos, estos quedan desvanecidos tras el refulgir del producto final, que son los objetos simbióticamente adheridos a la imagen del poder. Este tomar la superficie sin ahondar detrás del lustre de los materiales más valiosos nos habla por un lado del juego de ilusiones visuales propio del barroco que ya se va forjando, y por otro lado de un pacto de intereses que el sujeto-autor establece con la cúpula dominante.  Vanderbilt e-Journal of Luso-Hispanic Studies 79 Preocupados por la gloria del triunfo hispano y la reproducción de la sociedad nobiliaria en el nuevo continente, los versos de Balbuena se desentienden de todo lo que no es español, para resaltar la heroicidad de la conquista en quienes andan por América ― dando a su imperio y ley gentes extrañas / que le obedezcan, y añadiendo al mundo / una española isla y dos Españas ‖  (Capítulo II, 68). Esta ―gente extraña‖ figura por la necesidad de destacar un claro a partir de la contraposición de ese oscuro, o de un conquistador por comparación con un conquistado. O quizás podríamos decir, apegándonos más a un orden cronológico, que esa gente extraña son las extensas masas poblacionales encontradas y que, luego de conquistadas y subyugadas, necesitan ser reducidas nuevamente en el código alfabético; solamente atrapadas en los campos tendenciosos del lenguaje pueden servir como constancia eterna de que quedan fuera del sistema simbólico y aseguran el triunfo imperial sobre los nuevos territorios. Es la masa indígena que queda resumida, al final del poema, en servidora y generadora de los bienes que consume el imperio. Únicamente un indígena es mencionado, cuando dice ― que en triunfal carro de oro por él vayas / entre el menudo aljófar que a su arena / y a tu gusto entresaca el indio feo, / y por tributo dél tus flotas llena ‖  (Epílogo, 124). La fealdad de ese indio es el equivalente estético de la suciedad; es lo repulsivo y que se rechaza por contaminante y porque, por sobre todas las cosas, pone al sujeto hablante en tensión. Ese indio tiene que ser separado del centro emblemático; él es la personificación de lo sucio y encarna el riesgo de la contaminación, por tanto debe ser controlado por virtud de su no aceptada condición estética pues, como bien apunta Kristeva, ― el peligro de la suciedad representa para el sujeto el riesgo que corre permanentemente el orden simbólico mismo, por ser un dispositivo de discriminaciones, de diferencias‖ (94). La voz poética se asegura un espacio social, luego de sujetar al indio étnica y racialmente alarmante a lo más bajo de la sociedad novohispana. Entre los versos de La grandeza mexicana   late una batalla entre la realidad objetiva que es la ciudad, a la que se quiere representar de manera laudable, y las características de esa misma ciudad plagada de etnias no aceptadas en la lisonja poética. Esa amalgama poblacional de indígenas, negros y castas, necesaria a la ciudad  virreinal, pero innombrable en la superficie marcada por los emblemas, quedarán poetizados en una reducción de contraste que destaca De sus soberbias calles la realeza, a las del ajedrez bien comparadas, cuadra a cuadra, y aún cuadra pieza a pieza; porque si al juego fuesen entabladas, tantos negros habría como blancos, sin las otras colores deslavadas. (Capítulo II, 71)  Valga aclarar primeramente que estos negros y blancos no habría por qué tomarlos al pie de la letra; está claro que la voz p oética pone en juego una reducción pues ―es preciso encarar la oposición puro/impuro no como un arquetipo sino como una   diferenciación del sujeto hablante como tal, una codificación de su repulsión frente al otro para autonomizarse. La oposición puro/impuro representa (cuando no metaforiza) la aspiración a una identidad, a una diferencia ‖ (Kristeva 111). Así este par de categorías: la de blancos, muy exclusiva que integraría a los españoles y quizás a los criollos descendientes de españoles, y la de negros, mucho más amplia, en la que tendrían cabida todas las pieles más oscuras, incluyendo los indígenas aunque no las castas. Es un juego de luz y sombra en el que asoma la influencia de la naciente estética barroca, y que simplifica la población virreinal, al tiempo que permite no ocuparse de castas, indios o mulatos de manera particular. La existencia en proporción igualable de blancos y negros es una pujante queja bajo el manto poético; una expresión de inconformidad que pugna por salir a flor pero que es contenida una y otra vez a partir de la expresión visual cuadriculada de los claros y los oscuros. El ajedrezado parece sugerir la existencia de una proximidad limitada por líneas separadoras de las razas; quizás un intento de contener en el verso el peligro de la mezcla racial. La incómoda ecuación que genera la igualdad numérica entre blancos y negros se completa ―sin las otras colores deslavadas‖, que serían lo innombrable socio -racial, la zona de polución que cae fuera de toda  Vanderbilt e-Journal of Luso-Hispanic Studies 80 clasificación porque es muestra de la aberración de la sociedad que ha burlado las demarcaciones diferenciadoras.  Ya para inicios del siglo XVII aparece una complejización de la ecuación social que por un lado determina que la porción poblacional entonces denominada ― española ‖  es lo suficientemente minoritaria como para considerarse una élite elegida. Pero también esa condición reducida habla por sí misma de la evidente desventaja de este grupo y el peligro de ser contaminado por una mayoría  –  negra y deslavada. Tras el manto del  verbo poético late el sobresalto de la posible invasión de la suciedad sobre la limpieza, es decir el temor al contacto como polución social y, lo que sería más temido, la posible victoria futura de la suciedad que ya se va  verificando en la irrefutable presencia de una masa social que no puede ser llamada de otra manera que no sea a través de la impureza, que es, desde posiciones de poder, su única característica destacable. Para desentenderse de esta realidad mestiza, veamos que la ciudad que nos presenta Balbuena es la urbe que se observa desde afuera, desde la distancia. Ciudad acariciada en los versos. El poeta fuerza su pluma a la observación en la altura, a l México que se eleva en el plano vertical: ―¡Que es ver sobre las nubes ir volando / con bell os lazos las techumbres de oro / de ricos templos que se van labrando!‖ (Capítulo II, 71). En La grandeza mexicana   encontramos la poesía que se circunscribe al mundo de lo estético, sin que exista la curiosidad de la indagación. Quizás porque la poesía, c omo el mismo autor asevera, es ―para no humillarla a cosas rateras humildes‖ (139), los versos no se adentran en México, en sus esclavos, sus castas y su población indígena. Lo incómodo racial queda excluido, como también aristas referentes a la moralidad social y que, como las pieles oscuras o mezcladas, no conformaban motivo de canto. Por debajo de cúpulas y campanarios que, como jinetes imperiales, cabalgan sobre la ciudad, se esconde otra categoría de lo innombrable, agazapada tras el velo de palabras, y a la decisión de cada quien, que ―vea en que rama gusta de enredarse, / que a todas partes hallará corriente‖ (Capítulo V, 89). Si el silencio es impuesto sobre las epistemes urbanas, el mismo silencio va a marcar diferentes áreas sociales, donde se desa rrollan ―[…] otros gustos de diverso trato, / que yo no alcanzo y sé sino de oídas, / y así los dejo al velo del recato‖ (Capítulo V, 93). Estos silencios que se tienden entre los pliegues de la ciudad nos anuncian la existencia de otras aristas de la ciudad que Balbuena, con su subjetividad política, decide no revelar. Frente a la presencia de la suciedad y de la contaminación causada por el contacto de ésta con lo puro, Bernardo de Balbuena opone la poesía como antídoto. Es en el texto versificado donde Balbuena construye una geografía del refugio que protege del avance de la suciedad. En el ―Compendio apologético en alabanza de la poesía‖ el autor   se otorga su espacio propio cerca de los príncipes. Por virtud del ejercicio poético y ―por la grandeza de entendimiento que alcanza el que acierta a ser deste número, escogido y entresacado de la comunidad y trulla de los otros entendimientos‖  (127), su relación con el mundo se hace lírica. En La grandeza mexicana   el autor reitera este Olimpo de la gnosis que se eleva por sobre el medio virreinal. Pero este espacio privilegiado al que el poeta siente pertenecer no se perfila por sí mismo, hay que tejerlo con la metáfora y construirlo en la frase ekfrástica. Es así como la voz poética se permite la identificación con la limpieza. La grandeza mexicana   es un texto sobre lo ― limpio ‖  imperial, que son los estandartes del triunfo de España y el catolicismo en América. Los elementos arquitectónicos europeos, el orden administrativo virreinal (con sus representantes eclesiástico y laico) y la riqueza de los materiales, son los salientes de un retablo barroco cuyos entrantes quedan en la sombra de lo ignoto del discurso poético. La grandeza de México que se propone en este texto es la línea que marca la silueta de la ciudad creciendo en altura; por debajo nada parece importar, sean las castas, los indígenas, los negros o bien las pulquerías o las inundaciones, o la prostitución, la borrachera y el juego. Todo ello es la suciedad colonial, que empaña los destellos de la pompa y que, por tanto, no tiene entrada en los campos de la poesía. II. Sigüenza y su temor a la contaminación con “todo lo que es plebe”    Vanderbilt e-Journal of Luso-Hispanic Studies 81 El disturbio ocurrido en México el 8 de junio de 1692 ha pasado a ser el más conocido por la posteridad precisamente porque fuera recogido por Sigüenza y Góngora. Pero no fue éste el único ni el primero de los desarreglos generales del orden que vio la Nueva España; en palabras del mismo erudito virreinal ―no es estta la Ves primera que han intentado destruir a Mex co ‖ (56). Es decir, que en 1692 no era la primera vez que se derramaban los humores del cuerpo virreinal; en 1624 un tumulto se apoderó de la capital mexicana, y vale destacar que en éste resulta distintivo que se oyeran gritos de ―inteligibles voces [que recl amaban] viva Dios y el Rey y la R  l . Aud a . [Real Audiencia] y muera el mal Govierno‖ (  Relación del tumulto  ), pero ello no significa toma de conciencia de la población sobre la idea de separación entre lo divino y lo temporal, entre la corona y el  virreinato. Simplemente este parece haber sido un lema contra el virrey, que fuera elaborado desde la sede arzobispal y al que la población sirvió de eco. De cualquier manera ello prueba la latente posibilidad de lo que Moraña llama ―la transgresión de las fronteras, la violación del orden, el ataque a la seguridad personal y a la propiedad privada, la invasión de los espacios materiales y simbólicos que constituían el ámbito controlado de la élite virreinal, […] como una antinatural inversión del estado de derecho‖ o, dicho de otra manera, un a posibilidad de contaminación  –  que incluye la cabeza política y religiosa  –   por efectos de la septicemia que recorre el cuerpo social (167). En  Alboroto y motín de México del 8 de junio de 1692  , de Sigüenza, llama la atención muy especialmente que, durante la amplísima descripción de los sucesos y a través del desarrollo de la revuelta, hay un especial énfasis en la caracterización de esa vasta gama poblacional que Balbuena, escondido tras el ejercicio poético, intentaba obviar. Para Sigüenza todos aquellos que tenían vedado el acceso al centro del poder virreinal eran, según sus propia s palabras, ―los Negros, los Mulatos y todo lo que es pleue‖, pero también los indios a los que fustiga en reiteradas ocasiones y que más adelante veremos (65). Sigüenza, como muchos de su época, no lograba sustraerse ante la impulso de usar la raza como ademán inicial  –  ya automático en la sociedad colonial- con vistas a la identificación. El erudito criollo, sin embargo, no quedaría satisfecho únicamente con la revelación somática de esa plebe; quizás porque ―the Other must be seen as the necessary negatio n of a primordial identity  –   cultural or psychic  –   that introduces the system of differentiation which enables the cultural to be signified as a linguistic, symbolic, historic reality‖ (Bhabha 52). A lo largo de su texto, parece como imponerse la finalidad de exponer a esa población en emplazamientos morales contrapuestos a los propios, estos últimos en alineación con el poder imperial y su representación virreinal. La posición de cosmógrafo del rey, catedrático de matemáticas y capellán mayor del hospital del Amor a Dios se constituye en triple condición que le permite a Sigüenza construir abiertamente a ese ‗ otro ‘  que son los planos sociales inferiores identificados con la suciedad virreinal. Veamos algunas de las muy diferentes maneras de caracterizar a la población mexicana. Por ejemplo, cuando dice ―la pleue que, diuertida de ordinario en SemeJanttes ocasiones, Se oluida del Comer por aCudir amirar‖  (53), equivale a decir que esa masa es de dudosa humanidad, toda vez que no responde siquiera a resortes innatos de más pedestre naturaleza, como el comer. Sigüenza repudia el que los sujetos coloniales salgan en masa a mirar porque ello es una manera de apropiarse del conocimiento, además de que ahonda en la caracterización de la población colonial mexicana, diciendo que ―En Tan poco Como Estto Se portto bien la pleue y Con alegria, y Con impaciencia y murmuraSion […] Sin mas fundamento questta Vos Comensó a presumir el bulgo el que mas por Su Vttil que por el della Republica Trattaba en ello ‖ (53). Según Mar y Douglas, ―dirt is the by  -product of a systematic ordering of classification of matter. […] it appears as a residual category , rejected from the normal scheme of classification‖ (44 -5). Esta suciedad, que a decir de Sigüenza es la plebe, no cae dentro de las relaciones  virreinales de poder, no por un sistema de colonización impuesto que le excluye y le convierte precisamente en plebe sino porque, según el hablante, su menguada capacidad de raciocinio no le permite advertir la abstracción que es el cuerpo político y, por tanto, no logra reconocerse en él. Para Sigüenza, hombre de luces, la plebe no lo es porque el sistema político-económico-social la denomine de tal forma y la considere la suciedad social. La plebe es, por el contrario, una condición auto asumida de manera deliberada y, si en algún caso está relacionada a algún factor de tipo causal, ese es un detrimento antropológico de las capacidades racionales de todo lo que
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