LA HISTORIA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA (1937) DE ÁNGEL VALBUENA PRAT. ENSAYO DE DESLINDES SOBRE EL MÉTODO HISTORIOGRÁFICO Y LA CONSTRUCCIÓN CRÍTICA

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  [231]  JOSÉ   LARA   GARRIDO 232 conjunto de las humanidades como por la puesta en cuestión del historicismo entendido tout court   (como pedía la tradición romántico-positivista alemana): el proyecto de penetrar en los tiempos pasados y reconstruir sus modos de vida (o de creación cultural) sin interferencia de ningún preconcepto. Pero la crisis de un modelo historiográco, sometido siempre al impacto de prácticas resueltamente heterodoxas o innovadoras en su momento, no debe implicar el descrédito absoluto de tales prácticas concretas, cuya mismidad y empaque, más allá del de su condición de documentos para una historia de la historio- grafía, conviene aquilatar. Es quizás el momento presente el que faculta, por el desapasionamiento hacia instrumentos que en buena medida han dejado de cumplir cualquier grado de nocivo poder institucionalizador (con su clave de  bóveda en la conversión del  saber   en formas de hegemonía y dominio sancio- nadores), un asedio equilibrado de los mismos.Dicho asedio supone poner en cuarentena, en cierto modo, dos instrumen - tos motrices de ese gran equívoco que ha sido la historia literaria. Uno de ellos es la distinción entre la referencialidad externa del discurso histórico y la autorreferencialidad del discurso literario. Ha sido H. White quien más ha contribuido a este primer cuestionamiento al elaborar su teoría formal de la obra histórica como «una estructura verbal en forma de discurso» que además de la «representación de conjuntos de acontecimientos» obedece a un «para - digma metahistórico con un contenido estructural profundo que es en gene - ral de naturaleza poética y lingüística de manera especíca». A diferencia de otros analistas de la escritura histórica, White ( 1992 , 1992  b ) no considera que el  paradigma metahistórico  consista en los conceptos explícitamente utilizados  por el historiador para dar a su narrativa el aspecto de una explicación. Por el contrario, aparece en la supercie del texto y depende de las estrategias de efecto explicatorio  obtenidas tanto por la argumentación (según los modos de formalismo, organicismo, mecanicismo y contextualismo) como por la trama (según los arquetipos de la novela, la comedia, la tragedia y la sátira). Pero esta supercie también responde a una estrategia pregurativa que determina «la naturaleza ineluctablemente poética de la obra histórica» y es el orden de lo tropológico. Tal estrategia responde a los modelos de la metáfora, la sinécdo - que, la metonimia y la ironía, que diseñan sus especícos «protocolos lingüís - ticos». El segundo instrumento que ha de ser puesto en solfa es el del carácter autoexplicativo  de la historia literaria, lo que exige «el triple corte epistemoló - gico» detallado por P. Ricoeur: autonomía de los  procedimientos  interpretati- vos, autonomía de las entidades  de referencia y autonomía del tiempo  —o más  bien de los tiempos  — de la historia. O lo que viene a ser igual, denegación de la «imputación causal singular», a la que sustituye una mediación de causa - lidades «buscada entre los polos opuestos de la explicación y de la compren -sión »; denegación de la prioridad sistemática concedida a las «entidades de  primer orden», haciendo intervenir la «pertinencia participativa en el discurso histórico de los objeto transicionales»; denegación del tiempo histórico como   LA   HISTORIA   DE   LA   LITERATURA   ESPAÑOLA   (1937)  DE     ÁNGEL   VALBUENA    PRAT  233 «sucesión de intervalos homogéneos» dispersándolo en una multiplicidad de tiempos «cuya escala se ajusta a la de las entidades analizadas» 3 .Mi acercamiento desapasionado a una serie selecta de historias de la literatura española (que se inicia cronológicamente con la de Ticknor y se cierra con la de Á. del Río) no solo contempla el abandono como paralelos y meridianos de análisis de dichas inferencias, sino incluso el atalayamiento de supuestos y posicionamientos propios, de cuya autoconciencia es preciso desprenderse porque conguraría un a modo de matriz ideal para una historia literaria solo parcialmente transitada en el caso español. Si acaso la  Historia de la literatura española  a la que voy a atender hoy, la escrita por Ángel Valbuena Prat y aparecida en su prístina contundencia y compacidad en 1937 , es la excepción a esa regla. No sería exagerado calicar ese ensayo como un feliz maridaje de la lología de reconstrucción histórica y la lología hermenéutica que asume la interpretación abierta de los textos para crear un discurso que se funde al de la construcción procesual de la historia. Por eso en ella sí se cumplen tres al menos de los principios de mi propio elucidario crítico. El primero bordea lo que a veces se ha denominado  presentismo  o historicismo  absoluto  y se sustenta en la idea de que cada cual lleva en sí la historia que explora 4 . Pero frente a la aspiración por parte de los presentistas more  croceano de revivir el pasado, de contactar con él activando lo inerte e insuándole vida, mi límite se sitúa en considerar que esa proyección libera solo una determinada parte del pasado, que se corresponde con la calidad y  perl del historiador. En su agudísima reseña de la  Historia  de 1937 , E. Díez Canedo ( [1937] , en González Ramírez, 2007 : 330 ) concluía al respecto: Es ley de perspectiva que las [guras] de primer término parezcan mayores. El primer término, para Valbuena Prat, es su tiempo; y no lo  podría encontrar más justo. No quiere hacer la pirueta de colocarse, ngiendo imparcialidad, bajo el signo de lo eterno [...]. Acepta el tiem -  po en que vive, las ideas de que son carne propia las suyas, acoja o no las de sus compañeros de estadio. Se documenta con lo mejor que su tiempo le ofrece. Logra así una vibración personal que, a mi entender, 3  Esquematizo los principios expuestos por P. Ricoeur (1987) . 4  El axioma citado pertenece a Ph. Aron. Como comenta expresivamente M. Cruz ( 1996 :   21, 44 y  85 ), «la historia nos ayuda a vivir el presente de la única manera que le es dado hacerlo: ayudándonos a entenderlo. Entender el presente —o aprender de él, como se prefiera— cons - tituye sin duda una de las más arduas tareas pensables [...]. Aquello de que cada presente le dirige sus propias preguntas al pasado tal vez se pudiera expresar mejor intentando soslayar las connotaciones innecesariamente relativistas de la formulación. La virtud de un presente se mide por su capacidad para liberar una determinada calidad y cantidad del pasado». Por el contrario, el historicismo presentista inserta —como hacía B. Croce— la copresencia como  premisa metafísica de una inteligibilidad histórica: «Historia es revivir en la propia mente la experiencia pasada. La misión del historiador no es una toma de posición sino una toma de contacto con el pasado. En esa dimensión íntima, profunda e inmediata reside la esencia del conocimiento histórico [...]. Para que haya historia se precisa un espíritu que active todo ese material, que insufle vida en ese conjunto inerte, que lo haga humano de nuevo».  JOSÉ   LARA   GARRIDO 234 vale por mucha doctrina, disculpa ciertas fallas y se dispone a escuchar con atención sus lecciones. En lo que éstas contengan de buena disci -  plina literaria, en el acierto o yerro de la apreciación, podremos o no coincidir [...]; lo que no cabe dudar es que el libro, tal como ha salido de las prensas, [...] es la aportación más interesante de la generación actual al estudio orgánico de la literatura española. El segundo de los aludidos principios remite también con distingos al  proceder aristotélico cuando expulsaba a la historia de las ciencias por ocuparse de lo particular (y en nuestros tiempos M. de Certeau ha vuelto a postular que el objeto de la historia es lo particular). A mi entender cada hecho, sujeto o producción histórica ocurre solo una vez y esta singularidad (el poderoso atractivo de lo otro que ni siquiera por azarosa poligénesis volverá exactamente a repetirse) es esencial para la pulsión que nos arrastra a mirar intensamente el pasado. Detenerse ahí no es, sin embargo, suciente, porque cualquier his-toriador y prioritariamente el que atiende a las producciones culturales, ha de contemplar al unísono las diversas formas de generidad, serialidad e incluso universalidad que cimentan lo singular  5 . El tercero, correlato en cierto modo de los anteriores, se reere a la condición híbrida del propio discurso histórico. Lo he visto expresado con sugestiva precisión por J. Le Goff al referirse a la historia como el reino de lo inexacto: Este descubrimiento  —  arma  —   no es inútil: justica lo histórico. Lo justica en todas sus incertidumbres. El método no puede ser sino un método inexacto [...]. La historia quiere se objetiva y no puede serlo [...]. Quiere convertir a las cosas en contemporáneas, pero al mismo tiempo tiene que restituir la distancia y la profundidad de la lejanía histórica 6 . Entiéndase, pues, de entrada que mi acercamiento global a la  Historia de la literatura española  de Ángel Valbuena Prat en su señero y fulgurante estado inicial quiere testimoniar un ensayo de simpatía desde la gratitud y un homenaje a lo que supuso en su momento de fecunda y fascinadora experiencia de lectura. La de una obra con sentido, empaque de relato y amplias miras culturales que transmitía una iluminadora cartografía y un canon concertado y apenas modicable de la literatura española desde sus orígenes hasta 1936 . 5  Repensando a M. de Certau en clave neoaristotélica, J. Le Goff (1991: 36-37)  ha escrito en torno a las generalizaciones y regularidades de la historia que «la contradicción más flagrante de ésta está constituida sin duda por el hecho de que su objeto es singular, un acontecimiento, una serie de acontecimientos, personajes que no se producen sino solo una vez, mientras que su objetivo [...] es captar lo universal, lo general, lo regular». 6  «La historia no es historia —escribe poco antes (1991: 25)  — sino en la medida en que ella no accede ni al discurso absoluto ni a la singularidad absoluta, en la medida en que su sentido se mantiene confuso, mezclado [...]. La historia es esencialmente equívoca [...]. Es verdadera - mente el reino de lo inexacto».   LA   HISTORIA   DE   LA   LITERATURA   ESPAÑOLA   (1937)  DE     ÁNGEL   VALBUENA    PRAT  235 Un ensayo histórico-crítico sostenidamente lúcido, que parecía querer dialogar constantemente con el lector desde un conocimiento de primera mano de los textos literarios. Su ágil andadura antidogmática discurría por los pliegues del matizado énfasis, las variaciones caracterizadoras y la alternancia exegética de puntos de vista, haciendo que la literatura aorara a borbotones en las citas multiplicadas y excelentemente escogidas. El autor de la  Historia , que se movía además por dinámicas estrategias de descripción y relato que conformaban un apasionante itinerario mostrativo, marcó de hecho el cauce de lo que han venido a ser mis  principios o postulados de conocimiento histórico-literario. Nadie como él ha presentido —  y sobre todo practicado  —   en una obra de esas dimensiones y aliento la ilusión de portar consigo la historia que exploraba, la bifocalidad de una mirada intensa hacia lo singular y una contemplación de lo genérico y universal, la consciente y cultivada asunción de un inexacto órganon me-todológico que buscaba, a la vez, la contemporaneidad del pasado y el hondo claroscuro de su pretérito fundante 7 . Las razones fundantes de la  Historia  o el entramado modelador de la tradición historiográca y la «nueva» crítica Si la posibilidad de elaborar una historia recepcional de la literatura española pasa hoy por atender centralmente a aportaciones tan relevantes en el ámbito de las ciencias sociales como la arqueología del saber de M. Foucault o la teoría del campo literario de P. Bourdieu, lo mismo puede predicarse de esa instancia institucionalizadora que es la historiografía literaria en su expresión más neta y su plasmación más nítida: las historias de la literatura española. 7  Acerca de la influencia que la  Historia  de Valbuena Prat tuvo en mi vocación filológica, sobrepasando el efecto de otra obra impar,  Mil lecturas de la historia , de Jaime Vicens Vives, remito a mi ensayo (2007) , esbozo en parte de estas páginas, que abre a modo de prólogo la imprescindible monografía de D. González Ramírez (2007) . «Ahí se fraguó —escribí (2007: 18-19)  — el decálogo de mi quehacer como estudioso, en afortunada conjunción que me con - dujo para siempre a la primacía de la obra literaria y a sus exigencias en un proceso hermenéu - tico de infinitas y abiertas relecciones, a la necesidad de comprender a fondo la situación de cada obra en sus múltiples contextos y, en definitiva, a la práctica de una historia-con-crítica». Entonces como ahora mi enfoque se aparta del de otros asedios como los debidos a Martín Ezpeleta (en particular 2007  y 2008: 91-196 ) o a Pozuelo Yvancos (2000) , aunque coincido con la valoración de este último, en tanto que desarrolla lo apuntado por A. Prieto acerca de «el carácter clásico que tiene esta Literatura ya en su base de 1937 » ( 1980 ,   I : XIV ), de que «la de Valbuena Prat —anota Pozuelo Yvancos (2000: 58-59)  — es un clásico de la Historia literaria es-  pañola y puede calificarse como la primera de entre las modernas que marca ya un cambio de rumbo irreversible para la construcción de nuestro canon». En relación con este punto y res-   pecto a mi nota 79 , véanse las matizadoras páginas de Pozuelo Yvancos (2000: 65-67). Han de tenerse a la vista, por el contrario, para la génesis circunstanciada del proyecto editorial culminado por Á. Valbuena, los exhaustivos aportes documentales de D. González Ramírez (sintetizados en 2012 ).
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